
El término "cenobio" obedece a una falsa idea por la cual los silos o cámaras del yacimiento eran las habitaciones de una suerte de convento en el que se recluían las jóvenes de la clase noble hasta el momento en que se casaban, manteniéndose al cuidado de las harimaguadas o sacerdotisas de gran influencia social y religiosa. Se desconoce con exactitud cual es el origen de esta creencia, aunque cuenta ya con varios siglos de existencia. En la actualidad, esta definición está totalmente descartada, interpretándose como un granero de carácter colectivo.
El Cenobio de Valerón se cita en prácticamente toda la bibliografía de carácter general sobre la prehistoria de las Islas Canarias. De manera específica, el Cenobio aparece por primera vez en la bibliografía arqueológica en el último cuarto del siglo XIX, de la mano del historiador D. Agustín Millares Torres; sucediéndose desde ese momento hasta la actualidad toda una serie de artículos que vienen a confirmar la importancia de este singular enclave arqueológico. En este sentido, cabe reseñar los trabajos de José Batllori y Lorenzo "El Cenobio de Valerón" 1901; Sebastián Jiménez Sánchez "Silo colectivo prehispánico o Agádir de Valerón" 1944; Pedro Hernández Benítez "Cuevas de Valerón: ni cenobio ni granero" 1944; D. Dominik Josef Wolfel: "El "cenobio" de Valerón" 1954; D. Rubén Naranjo et al.,: "Cenobio de Valerón" escrito ya en la década de los 80.
Con carácter general, en las crónicas de la conquista se alude a la existencia de estos graneros, como así se deduce de los siguientes textos de Gómez Escudero:
() tenían pocitos, onde encerraban cevada i cosas de comer, i era de los frutos como diesmos que daban en aquel depósito para los años faltos i hazer repartimientos del mismo. Tenían silos en los riscos i se conservaba el grano muchos años sin dañarse, lo cual ahora no puede conseguirse sin que se pique de gorgojo.
() Había prevención en ellos, por si acaso hubiese guerras, de bastimentos, cosas de todo género que usaban y tostadores, casolones de barro i tahonillas de mano, llamados molinillos, cevada, higos, manteca, cebo carnes saladas i otras cosas necesarias.
O en la siguiente alusión de A. Sedeño.
"Encerraban estos fructos en las cuebas de riscos más altos para que se uiesse alli estar más bien guardados i más durables."
En la actualidad, esta definición está totalmente descartada, interpretándose como un granero de carácter colectivo que fue excavado y usado por los antiguos canarios hasta la conquista de la isla en el siglo XV.
La referencia directa escrita más antigua que conocemos sobre este yacimiento arqueológico es del siglo XVIII y fue realizada por el historiador Pedro Agustín del Castillo:

En cierta ocasión que yo pasé en la jurisdicción de Guía, adonde llaman La Dehesa, unos dos hombres de los primeros de aquel lugar, que me acompañaban, me dijeron si quería ver uno de los cenobios o conventos de estos antiguos, que está en un alto y rápido sitio, sobre el barranco que llaman Valerón. Guiáronme a él los dos hidalgos, y entré con bastante peligro, y confieso de mi, haber causado admiración ver la fábrica que un risco se hizo sin herramientas templadas, porque no las conocieron los antiguos de estas islas, sino lascas de pedernales, que fijaban en unos palos como hachas o azuelas, con que labraban también las maderas y cortaban el más grueso pino u otro árbol. En la frente de aquella montaña, cortado como un grande arco, y dentro de él, a la entrada, corría un largo cañón o crugía, que corría hacia dentro, y de un lado y otro con grande igualdad y correspondencia, mucho número de celdas o aposentos, unos sobre otros con sus ventanillas, y a un lado y otro de la entrada, como dos torrejones, que se subían por dentro, con ventanas para su luz, que caían sobre la profundidad del referido barranco.
Ya en el siglo XIX, Sabino Berthelot visitó el yacimiento y en su relato insiste en la tradición romántica que identifica este lugar como un cenobio o convento de las harimaguadas, las sacerdotisas de los antiguos canarios.


Está situado en las escarpaduras del barranco de Valerón (Gran Canaria); su entrada presenta un gran pórtico que da acceso a un vasto circuito donde se aprecian, a cada lado, pequeñas celdas excavadas en la roca. Pedro del Castillo dice que cada celda tiene su ventana hacia el barranco y que en la parte delantera de la cueva se ven dos torres con escaleras en el interior; pero en 1827, cuando visitamos estos lugares con nuestro añorado amigo P.B. Webb, no vimos por delante del barranco ni ventanas ni torres con escaleras.
También a finales del siglo XIX, el antropólogo francés René Verneau visita el yacimiento, aportando la siguiente descripción:

Las viejas crónicas nos hablan de la existencia de una corporación de vestales (las harimaguadas), que vivían en una especie de conventos instalados en el interior de grandes cavernas. Se me ha enseñado lo explorado en una de ellas, situada a cierta altura sobre la vertiente escarpada de una montaña. Sudoroso y rendido, tomé una fotografía de su interior. Comprende ésta una multitud de nichos superpuestos y labrados artificialmente en la misma roca: unos de pequeñas dimensiones y otros constituyendo una especie de alcobas insuficientes para acostarse una persona adulta. Desgraciadamente todo está sumamente deteriorado por algunos rebuscadores ignorantes, que contaban, sin duda, encontrar valiosos tesoros.
Entrado el siglo XX, los historiadores desechan la idea de que este lugar sea un cenobio o convento, identificándolo con un granero colectivo de los antiguos canarios. Esta conclusión deriva de su estudio detallado, atendiendo a sus características, la capacidad de los silos, la naturaleza de los materiales recuperados, así como de su comparación con otros yacimientos similares que se hallan repartidos por toda la isla, e incluso con otras construcciones parecidas que se encuentran en el Norte de áfrica.
Pese a todo, el conocimiento arqueológico de estos lugares y la descripción de sus principales características no ha conseguido, sin embargo, explicar con exactitud cómo se produce la gestión y uso de los bienes almacenados en estos graneros.


Cenobio de Valerón © 2008